Domingo , 16 diciembre 2018
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“Escogí mal a la madre de mi hijo”

Jesús Mosquera empieza cada mes en números rojos, debiendo treinta euros. “Vivo a costa de mi pareja y de mi padre”. Perdió su empleo de administrativo después de siete años en la empresa debido a una depresión motivada por un divorcio “complicado”. Luego probó suerte como comercial a media jornada, pero las constantes visitas de los agentes de Policía a su oficina también le costaron el puesto. Ahora está en el paro y recibe 520 euros. Debe pagarle a su ex mujer 550 euros en concepto de la mitad de la hipoteca y la pensión alimenticia de su hija de seis años.
Según el artículo 96 del Código Civil, el derecho a convivir en el domicilio conyugal va asociado a la patria potestad de la descendencia. Si un abogado no tiene escrúpulos puede optar por la vía rápida y aconsejar a la mujer que denuncie a su futuro ex esposo por violencia de género. Con ello, la casa ya está casi asegurada, además de la custodia de los pequeños. Mosquera atesora varios archivadores repletos de sentencias: las de malos tratos, las de secuestro de menores, las de incumplimiento de visitas, la del divorcio.
Absuelto “Según el atestado policial, el único golpeado fui yo” Su ex esposa le denunció por tres delitos: dos golpes y maltrato psicológico. En el supuesto primer golpe, el que se dio contra el grifo de la bañera, el acusado ni siquiera estaba presente. El segundo era un “esguince leve con gran componente subjetiva” en la muñeca derecha, según el parte médico. Tal y como queda probado en la sentencia, la lesión tuvo lugar cuando ella le metió las dos manos en los bolsillos de los pantalones vaqueros de él para “quitarle las llaves del coche”, y él le sacó las manos de ahí. Sobre el acoso psicológico, la forense indica que se trata de una mujer con “personalidad depresiva” y con “ansiedad aguda”, cuyo cuadro clínico no está asociado a la crisis de la disolución del matrimonio, sino más bien a su personalidad y a que “extrañaba su país de origen, Argentina, se sentía sola y que con su separación descubrió que los pocos amigos que tenía no lo eran”.
Pero las sentencias llegan varios años después de las medidas cautelares impuestas en los juicios rápidos por violencia de género. Agentes de la Ertzaintza invitaron a Mosquera a abandonar el hogar conyugal en febrero de 2005, después de seis años de matrimonio y una denuncia por maltrato. “Sin embargo, según el atestado policial, el único que presentaba signos de golpes era yo”, dice mientras enseña una cicatriz en la frente. También tiene la muñeca derecha resentida, después de que un día su mujer la emprendiera con él. “En un ataque de furia, una vez incluso levantó un televisor de 28 pulgadas para destrozarlo en el suelo”. La primera vez que acudió a Urgencias del hospital de Galdakao para recibir asistencia médica, dos enfermeras se rieron de él cuando les explicó que su mujer le había pegado. No le creyeron hasta que rompió a llorar. “La siguiente vez no dije nada”. No la denunció, ni siquiera la abandonó. “Quería estar con mi hija”, asegura. Pero cuando su ex esposa trató de llevarse a la niña a Argentina, él se negó en redondo y fue entonces cuando llegó la denuncia de maltrato.
Rehacer la vida “Por suerte, tenía a mis padres”. Vivían a sólo 100 metros del domicilio de la pareja. “Me instalé en mi antigua habitación y todavía hoy, después de cuatro años, sigo a caballo entre su casa y la de mi novia”. Su pareja y él viven en un piso alquilado de 50 metros cuadrados que comparten con una pareja de jóvenes italianos. Dos habitaciones, un baño diminuto y un salón-cocina es todo el espacio del que disponen los cuatro. Así que cuando a Jesús le toca cuidar de la niña, va a casa de su padre. Su madre ya ha fallecido. “No hubiera sobrevivido sin ellos y mi pareja”. Las denuncias de malos tratos no prosperaron. Jamás fue condenado por un delito que siempre negó. “Mi abogado de oficio me propuso declararme culpable y llegar a un acuerdo. Le dije que ni hablar”. Se buscó un abogado particular y ahora arrastra una minuta de 30.000 euros que no sabe cómo y cuándo pagará. Por suerte, su novia es comprensiva. Para ella sólo tiene palabras de agradecimiento, además de amor. La conoció medio año después de abandonar su hogar y desde entonces no se ha separado de ella. Además, “adora” a su hija. Y la niña también la quiere, a pesar de que “su madre ha intentado crear tensión entre ellas”. Asegura que tres informes psicológicos pusieron en duda la estabilidad emocional de su ex esposa, pero no fueron suficientes para concederle la patria potestad de su hija, que tanto solicitó. Además, durante seis meses no pudo ver a la niña, después de otra denuncia de su ex mujer. Mientras tanto, él la denunciaba a ella por incumplir el régimen de visitas, “pero los jueces sólo le imponían multas de 90, 180 y alguna de 300 euros”.
Incluso ha llegado a buscar asesoramiento legal para denunciar a su esposa y que ella cargue con su factura del bufete de abogados, ya que ninguna de las denuncias contra él fueron condenatorias. “Pero todos me lo han desaconsejado, piensan que no conseguiré nada, excepto arruinarme un poco más”. Ante la cuestión de si se siente un hombre maltratado, Mosquera responde que “nunca” se lo habían preguntado. “Pero pensándolo bien, físicamente me siento algo maltratado y psicológicamente, muy maltratado. Pero como más maltratado me siento es judicialmente, porque después de toda la mierda que he pasado y que aún arrastro, y me refiero a instituciones, estamentos judiciales y demás, nadie me ampara. Como si haber pasado por todo esto hubiera tenido que ser un deber o una obligación”.
Matrimonio roto “Un día mi cuñado me dijo que no me dejaba marcharme de su casa hasta que tuviera un lugar estable donde vivir”, explica Pedro Martínez, divorciado de 36 años. Y para entender el significado de estas palabras hay que conocer cuántas personas viven en casa: la hermana de Pedro y su marido, dos hijos de 19 y 22 del primer matrimonio de la mujer, el hijo de cinco años que la pareja tiene en común, a temporadas los padres de los hermanos y, desde que Martínez vive en casa, su hijo de tres años durante las tardes de los miércoles y un fin de semana alterno. Todo en 104 metros cuadrados.
Tan poca fortuna tuvo Martínez en su matrimonio como abundancia de cariño por parte de su familia. El 4 de abril de 1998 contrajo matrimonio y el 27 de mayo de 2007 abandonó por orden judicial la convivencia con su ex esposa, tras una denuncia por malos tratos que ella interpuso en el juzgado de Barakaldo. Le denunció por amenazarle con cortarle el cuello. La acusación no dio lugar a órdenes de protección ni de alejamiento y la sentencia, tampoco. “De hecho, retiró el recurso de la sentencia cinco días después de celebrarse la vista oral por nuestro divorcio”, en el que la mujer se quedó con la custodia del niño y el derecho a vivir en la casa que compraron juntos en Sestao, y que él debe seguir pagando. Reconoce que tuvieron problemas de “falta de respeto mutuo” a causa de sendas infidelidades, “pero jamás la maltraté”.
Ella trabajaba eventualmente y él pagaba la hipoteca que ahora sigue pagando a medias: 480 euros, más 300 de pensión alimenticia del niño, otros 300 por gastos varios -“garaje, teléfono móvil y una factura de Carrefour de cuando éramos pareja y de la que me tengo que hacer cargo”-, y otros 500 euros al mes para el abogado. Y es que en total, la factura del letrado asciende a 10.100 euros. “Mis padres y mis hermanos me pusieron el dinero sobre la mesa, pero lo rechacé, bastante están haciendo por mí”. De su sueldo como conductor de Bizkaibus, le quedan unos 100 ó 150 euros al mes para sí mismo. Y fuma Winston.
Con este presupuesto, no puede permitirse “nada”. “Me parece injusto, la ley debería cambiar. Me siento completamente discriminado y mi único delito ha sido tener un hijo y tenerlo con la madre equivocada”. A Martínez le gustaría que la Ley de Divorcio cambiara y no discriminara a los hombres. “Como en Francia, que se liquidan los bienes gananciales y cada uno debe rehacer su vida con los mismos beneficios o con las deudas a partes iguales”. Además, él solicitó la custodia de su hijo, que tiene un grado de autismo, y a pesar del resultado del examen psicosocial de ella la magistrada concedió la custodia a la madre. “No estoy aquí para mimar cada divorcio, me soltó la jueza. No lo olvidaré nunca”.
Martínez, que como Jesús Mosquera es miembro de la Asociación de Padres y Madres Separados de Bizkaia, duerme en el salón y cuando su hijo pasa los fines de semana con él, se muda a la habitación de su sobrino pequeño, que cuenta con una cama nido, donde descansan los dos. A su vez, su sobrino duerme en el cuarto de sus padres. Tantos cambios no han maltrecho la relación con su hermana y su cuñado. “Sé que a mi hermana le sobro para tener una felicidad completa con su segundo marido y sus hijos, pero ella nunca me lo diría. Y, cuando su marido me dijo que no me dejaba marchar, ¡me descargó de tantas preocupaciones y sentimientos de culpa!”.
De hecho, su hermana ha sido su apoyo incondicional. “Mi ex mujer estuvo haciendo un gran trabajo: un año y medio antes de interponer la denuncia por malos tratos estuvo metiendo cizaña y tratando de separarme de mi familia. En parte, lo consiguió. Cuando abandoné nuestra casa de Sestao hacía tiempo que ya no me hablaba con mi hermana. Pero fue ella la que me llamó enseguida y me dijo: Coge tus cosas y ven a casa ahora mismo. Y llevo ya dos años”. Gracias a sus padres vislumbra un nuevo horizonte en su vida. En julio se mudará a un piso que tienen alquilado en Barakaldo y no le permitirán pagar un alquiler: “Se lo he dicho, pero ellos ni me dejan mencionar esa posibilidad”. Cuando habla de la generosidad y amabilidad de su familia se siente a veces cohibido por todos los favores que le han hecho. Recupera la sonrisa cuando explica que su familia “es la mejor del mundo”.
El divorcio de Pedro ha sido muy duro, con detalles propios de un telefilm. Por eso cuando se despide tras recibir un buena suerte responde: “Tiempo, para recuperarme necesito tiempo”. Es consciente de que la próxima vez que se enamore no lo hará con “tanta facilidad”. En el fondo sabe que algún día recuperará su vida y la ilusión por el amor. “Está a la vuelta de la esquina, la cuestión es querer cogerlo”.
Padres divorciados El artículo 96 del Código Civil asocia el derecho a vivir en el domicilio conyugal a la custodia de los niños Algunos abogados sugieren interponer una denuncia por malos tratos para conseguir réditos rápidamente
Una mala praxis habitual Es vox populi. En algunos despachos de abogados es una práctica habitual sugerir a la clienta que interponga una denuncia por violencia de género para presionar en el proceso de divorcio. La sentencia tarda entre uno y dos años, pero las medidas cautelares llegan en apenas 24 horas gracias a los juicios rápidos que a tantas mujeres maltratadas ayudan. Anualmente, entre el 30 y el 40% de las órdenes de alejamiento y protección solicitadas por la supuesta víctima son denegadas en la CAV. Muchas son falsas. Pero mientras tanto la esposa se queda con la vivienda y la custodia de los hijos. “Ningún fiscal, juez y psicólogo se atreve a poner las cartas sobre la mesa porque ¿y si se equivocan? La vida de una mujer realmente maltratada correría peligro”, indica el presidente de la Asociación de Padres y Madres Separados de Bizkaia (Abipase), Pedro Díez. El problema es que mientras la vivienda siga asociándose a la custodia de la descendencia y no se disuelvan automáticamente los bienes gananciales, las falsas denuncias por malos tratos siguen multiplicándose. “Hace seis años, uno o dos casos al año, ahora tengo treinta”, resume una procuradora de Bilbao.
Asociación Catalana de Padres Separados

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