Domingo , 16 diciembre 2018
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Si yo fuera juez

Si yo fuera juez

Lorenzo Silva La desgana con que Samuel había estado mirando la tele, desde que se sentara frente a ella con la bandeja de la cena, se trocó en vivo interés cuando la locutora pasó a dar cuenta de aquella noticia. Era, desde luego, una de esas que llaman la atención de cualquiera, del tipo hombre muerde a perro:

— El juez decano de Barcelona, acusado de un delito de violencia doméstica por presuntos malos tratos a su mujer.
Samuel subió el volumen del aparato. Según la información, el juez y su esposa, de profesión notaria, se habían enzarzado en una agria discusión en el domicilio conyugal, apenas cinco meses después de la boda y con motivo de una supuesta infidelidad del marido. La disputa había llegado a las manos y ambos se habían agredido y causado lesiones recíprocas, por lo que cada uno había presentado denuncia contra el otro. Según había trascendido, el fiscal pedía nueve meses de prisión para él y siete para ella, y que se denegaran las órdenes de alejamiento que cada uno había solicitado respecto del otro. Nada se sabía sobre quién se vería obligado a abandonar la vivienda común.
“Su señoría y la señora notaria, enfrentándose a los mismos problemas que tienen los pobres mortales”
Los labios de Samuel dibujaron una sonrisa amarga. “Qué cosas”, se dijo, “su señoría y la señora notaria, enfrentándose a los mismos problemas que tienen los pobres mortales”. En ese momento, en el televisor aparecieron las imágenes del juez acudiendo a los juzgados para prestar declaración. Venía con quien debía de ser su abogado, un comprensible gesto de pocos amigos y menos ganas de ser captado por las cámaras. Sobre su mejilla eran claramente perceptibles los arañazos. Pero a Samuel le llamó más la atención otro detalle: el juez llegaba sin más compañía que su letrado defensor. Libre como un pájaro.
Para Samuel, tres meses atrás, la cosa había sido bien distinta. A él lo condujeron al juzgado dos guardias civiles, esposado, y a su abogado de oficio lo conoció allí, en un pasillo. También él tenía la cara arañada y había denunciado a su agresora. Pero a Samuel, en lugar de dejarle ir, le dijeron que conforme al protocolo de seguridad, y como su novia lo había denunciado también, se quedaría detenido hasta su entrega a la autoridad judicial, mientras ella regresaba sola al piso de ambos.
“En España la única manera de no acabar detenido si a tu novia le daba un ataque de ira era dejarse sacar los ojos”
En vano protestó Samuel, en vano insistió en que comprobaran que las únicas lesiones que ella tenía, algunas magulladuras, eran compatibles con una reacción de defensa por su parte. En vano, en fin, se había contenido durante la bronca, mientras ella le gritaba, arañaba y golpeaba con todo lo que pudo encontrar. Era presunto maltratador y ella, la presunta víctima, hasta que él no demostrara lo contrario. Así lo disponía la ley.
Esa noche, en el calabozo, Samuel pensó que en España la única manera de no acabar detenido si a tu novia le daba un ataque de ira era dejarse sacar los ojos. Pero había otra. Ser juez.

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