Domingo , 16 diciembre 2018
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Ser víctima o maltratador no solo es cuestión de sexo: también hay hombres víctima

Muchos de los que investigan la violencia que se ejerce en las parejas tratan de abrirnos los ojos sobre la existencia de realidades diferentes al prototipo.
Celia G. Naranjo.- Siempre me he sentido feminista. Las injusticias que persisten en nuestra sociedad, como la discriminación laboral, la negativa de algunos hombres a compartir —que no ayudar— las tareas del hogar, los prejuicios sexuales y demás diferencias hacia las mujeres deberían estar condenadas a la extinción. En teoría, es así, pero todos conocemos casos concretos de machismo. Y qué decir de la violencia contra las mujeres, la peor de todas las manifestaciones misóginas que cientos de féminas continúan sufriendo en sus carnes. Nunca se condenará, ni se combatirá, lo suficiente.
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Pero ¿qué pasa con los hombres? ¿Es que siempre son verdugos, y nunca víctimas? Las estadísticas demuestran que no. Que a veces, ellos también sufren violencia, y en ocasiones a cargo de mujeres. Y en 2008, nada menos que una de cada cuatro víctimas mortales de la violencia doméstica, o intrafamiliar, fueron varones.He aquí el problema. La igualdad, esa palabra que acude tan rápido a la boca de quienes se declaran en contra del machismo, no siempre está bien entendida. La ley no se aplica igual a ellos que a ellas cuando se trata de agresiones de pareja. Y, si bien es cierto que la mayor parte de las veces es la mujer quien la sufre, no lo es menos que los hombres merecen la misma protección que ellas cuando atraviesan una situación así. Aunque solo hubiera un caso entre mil millones, debería tratarse exactamente igual. La distinción debería ser entre víctima y verdugo, sin matices por razón de su sexo.¿O es que la igualdad se consigue a base de restar al que le sobra, y no de sumar al que le falta? Hay quien entiende el feminismo como la oportunidad para condenar al colectivo opresor, a los hombres, a sufrir lo que las mujeres hemos padecido durante siglos.
El problema es que no se trata a las personas como a individuos, sino como seres humanos pertenecientes a un colectivo al que se le atribuyen unas características determinadas. A los hombres, la agresividad y la dominación; las mujeres, la sumisión y la condición de víctimas. Y es tan injusto victimizar a todo un colectivo como presuponer que el otro nunca puede estar en el papel de víctima.Hay quien vive las relaciones de pareja como una guerra. Quien no busca un compañero o compañera con quien compartirlo todo en las condiciones que se pacten entre ambos, sino alguien que acepte todas las condiciones sin negociarlas y a quien hay que aplastar en cuanto quiera participar en las decisiones. Se ha acusado a los hombres de mantener durante siglos esta segunda actitud, pero ahora hay miembros de ambos sexos que la adoptan, convencidos de que ese es el camino del progreso.
La igualdad es otra cosa. Mientras haya personas que no acepten que su opinión, sus creencias y sus necesidades son tan importantes —es decir, ni más ni menos— que las del otro, habrá machismo y habrá feminismo mal entendido o, como algunos lo han bautizado, ‘feminismo talibán’.Ni todos los hombres son agresivos y dominantes, ni todas las mujeres son víctimas. Otra cosa es que las personas, en función de las circunstancias, puedan convertirse en un momento determinado en lo uno o en lo otro. No hay que permitir las agresiones ni dejar de proteger a las víctimas. Solo hay que hacerlo sin preguntar su nombre, su raza, su religión, su nacionalidad ni su sexo. Entonces podremos empezar a hablar de igualdad.
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